Monseñor Santiago Luis Copello

Clara Helena Nougués de Monsegur.

He querido tomar la figura de Monseñor Santiago Luis Copello con el deseo de recordar su personalidad casi olvidada. Fue un buen Pastor y trabajó bajo el signo de la Cruz. Nos dejó como testimonio de su caminar y su obrar ochenta y siete parroquias.
Conocí su figura a través de escritos personales que me fueran facilitados por la Hermana Delia María, del Instituto Superior de Cultura Religiosa de San Isidro. Todo comenzó cuando, charlando con ella y luego de ver algunos recuerdos del cardenal Copello que se encuentran en dicho Instituto, le comenté que me encantaría escribir sobre su interesante vida.
Fue allí donde la Hna. Delia María me comentó que poseía artículos y escritos inéditos de Monseñor Copello que me podían facilitar algunas cosas (no todas). Es por ello que -bajo su responsabilidad- me dejó tomar algunos recuerdos de su infancia en San Isidro, su recuerdo para su madre y familia en un poema escrito el 2 de noviembre de 1963 en Roma.
Pensé que estas Segunda Jornada de Historia Eclesiástica Argentina era una oportunidad para rescatar del olvido a un hombre que tuvo tantas inquietudes para con su patria y que descansa, en su destino final, en la Cripta de la Basílica del Santísimo Sacramento en Buenos Aires.
Deseo recordar la figura casi olvidada de un gran Evangelizador. Trabajó bajo el signo de la Cruz y nos dejó -como testimonio de su caminar y obrar- ochenta y siete nuevas parroquias. Hablo de Don Santiago Luis Copello, primer Cardenal Argentino e Hispanoamericano.
Nace en la localidad de San Isidro, en el sitio donde se encuentra hoy el Banco de Buen Ayre, sito en la esquina de 25 de Mayo y Belgrano, el 7 de enero de 1880, siendo sus padres Juan Copello y María Bianchi de Copello. Recibe el sacramento del Bautismo de manos del Reverendo Padre Diego Palma.
Cursa en San Isidro sus primeros años escolares con la señorita Manuela García y completa luego su educación en la Capital con los Padres Bayoneses, en el colegio San José, ubicado en la calle Azcuénaga, para seguir el bachillerato. Pero una precoz inclinación por las cuestiones religiosas, que bien pronto derivó en acendrada vocación, le llevó a incorporarse en 1894 al Seminario Conciliar. Dos años más tarde el entonces arzobispo de Buenos Aires, Monseñor Uladislao Castellanos, lo envió a Roma para que estudiase en el Colegio Pío Latino Americano.
Su natural inteligencia y una indoblegable contracción a los difíciles textos facilitáronle la obtención de títulos: en 1899 se graduó de doctor en Filosofía y en 1903 recibió las borlas de Doctor y Maestro de Sagrada teología en la célebre Universidad Gregoriana. Pero un año antes de su egreso, en 1902, había sido ordenado sacerdote. Ofició su primera misa al día siguiente de la consagración, en la Basílica Santa María la Mayor, en Roma.
De regreso a su patria se desempeña en diversos ministerios que van perfilando los rasgos que habrán de distinguirlo en su acción sacerdotal como un futuro Jefe de la Iglesia. Su destino inicial fue La Plata. El obispo de la capital bonaerense, Monseñor Terrero, lo nombró teniente cura de San Ponciano; en 1904 le confió la notaría mayor eclesiástica y un año después el padre Copello se hizo cargo de la secretaría general de la diócesis.
Dirigía, entretanto, “La Lectura del Domingo” y el “Boletín Eclesiástico”, publicaciones oficiales del obispado, sin desatender otras funciones inherentes a su misión sacerdotal como las capellanías en el hospital San Juan de Dios y el en Buen Pastor. En noviembre de 1918 el Papa Benedicto XV le designó obispo de Aulón y auxiliar de La Plata, siendo consagrado el 30 de marzo de 1919 en la entonces parroquia de San Isidro, hoy Catedral de esa Diócesis en la cual naciera y viviera su niñez y primera juventud. La ceremonia fue oficiada por los obispos monseñores Terrero, Alberti y Orzali.
Su permanencia en La Plata fue larga, e intensa su actuación. Muchos pueblos alejados de los centros urbanos lo vieron llegar muchas veces en sulky o a caballo, portador de mensajes de caridad y esperanza. De expresión diáfana, su prédica tornó accesible para grandes auditorios las cuestiones teologales, y el noble aprovechamiento que alcanzaba su palabra logró adeptos para la causa de Cristo.
En el año 1927 era alto el predicamento del que gozaba entre la autoridades de la Iglesia. Fue entonces cuando se le designo vicario general del Ejército durante la presidencia de Alvear. Monseñor Copello comienza a asomarse a otro escenario. Al poco tiempo es nombrado Obispo Auxiliar de Buenos Aires. Deja automáticamente sus funciones en La Plata, ciudad que recibiera tantos frutos de su incansable gestión: los colegios de San Vicente de Paul y de la Sagrada Familia y los Círculos Obreros Platenses; en él había calado muy hondo la encíclica de León XIII “Rerum Novarum”. Además, fundo el seminario y su iglesia dedicada a Nuestra Señora de la Piedad.
Monseñor Copello quedó al frente del arzobispado de Buenos Aires cuando su titular, el arzobispo José María Bottaro, viajó a Roma. Entonces hizo construir el pabellón-enfermería del Seminario Metropolitano. En ese mismo año 1928 ordenó la iniciación de las obras de la Iglesia Castrense de Nuestra Señora de Luján, en la Avenida Cabildo, que fue inaugurada el 11 de octubre de 1930. También mandó construir la casa para capellanes militares con un salón-biblioteca anexo, dos pabellones en el Hogar Sacerdotal y la Iglesias Regina Apostolorum y Santa Clara. Preparó, por otra parte, el reglamento para el clero castrense. Presidió la comisión del designado Hogar, la Liga del Culto y la Dirección Central Catequística de la Arquidiócesis. Duplicó el número de seminaristas y en 1931 dispuso que se levantara la iglesia Parroquial de San Isidro.
Un año más tarde, producida la renuncia de Monseñor Bottaro, se le designó vicario particular para que ejerciese en forma interina el gobierno arquidiocesano. Meses más tarde integraba en primer lugar -con Monseñor Francisco Alberti, obispo de La Plata, y monseñor Andino Rodríguez y Olmos, obispo de Santiago del Estero- la terna elevada por el Senado al Poder Ejecutivo para el nombramiento del nuevo arzobispado. El gobierno presentó a Monseñor Santiago Luis Copello, quien se convirtió así en el sexto obispo metropolitano. Habíanle precedido en las altas funciones estos ilustres prelados: Escalada, Luis Federico Aneiros, Uladislao Castellanos, Mariano Espinosa y José María Bottaro. El Papa Pío XI le concedió la investidura canónica el 26 de noviembre de 1932. El 18 de diciembre del mismo año asumía su cargo en una ceremonia que se realizó en la Catedral Metropolitana con la asistencia del presidente de la República, General Agustín P. Justo, y miembros de su gabinete.
Su arzobispado fue dinámico por la cantidad de obras que realizó. Organizó admirablemente la administración eclesiástica; creó numerosos templos, parroquias y obras de asistencia. Se preocupó por el estímulo de las vocaciones sacerdotales. Además, fue inolvidable en el recuerdo que guardamos muchos del esplendor del Primer Congreso Eucarístico Internacional. Este acontecimiento que conmovió a la humanidad cristiana se produjo el 10 de febrero de 1934. La capital argentina fue sede del Congreso. Como legado papal llegó al puerto de Buenos Aires -en el buque “Conte Grande”- el Cardenal Eugenio Pacelli, quien ocuparía más tarde el trono pontificio con el nombre de Pío XII.
El Congreso Eucarístico brindó el espacio para una extraordinaria demostración de la fe católica de nuestro pueblo, reuniendo en algunos de sus actos a más de un millón de personas. Jamás había presenciado Buenos Aires una exaltación tan grande como esta de fe, amor a Dios e incondicional adhesión a la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana. Monseñor Santiago Luis Copello rezó la Misa de Apertura de este Congreso.
El Papa Pío XI, después de reconocer la excepcional labor de su arzobispo, el 16 de noviembre de 1935 lo ungió cardenal. Era el primer purpurado de nuestro país y de Hispanoamérica. El Papa daba así un nuevo cardenal a ochenta millones de católicos. El nuevo príncipe de la Iglesia toma el título “Sancti Hieronymillycorum”, el mismo con el que fuera consagrado el cardenal Félix Peretti, después Sixto V.
A los comienzos de su purpurado incluye los trabajos de las parroquias de Santo Cristo y Santa María, la primera en Villa Riachuelo y la segunda en la Av. La Plata, que fueron inauguradas al año siguiente. También dio gran impulso al seminario conciliar del Río de la Plata. Son  tantos los templos que edificó en Buenos Aires que se llegó a decir que “llenó de sagrarios y campanarios, erigiendo además numerosísimas parroquias y obras educativas y de asistencia”. Debemos recordar también entre sus obras la Sociedad de San Vicente de Paul, de la cual durante mucho tiempo estuviera al frente el Hermano Manuel Augusto Zeballos Baudon.
Monseñor Copello asistió luego al cónclave que eligió Sumo Pontífice al cardenal Pacelli, con el nombre de Pío XII.
En 1927 fue nombrado visitador de todos los colegios dirigidos por hermanas. Se le designó protector vitalicio del instituto bonaerense de las Hijas del Divino Salvador, una de las congregaciones más antiguas de nuestro país, como que había sido fundada a fines del 1700 por Sor María Antonia de Paz y Figueroa. También fue protector de las hermanas de Mercedes del Divino Maestro.
Su amor por su terruño natal, San Isidro, fue tan grande que nunca pudo olvidar al Santo Patrono. Si observamos su escudo arzobispal, encontraremos a San Isidro, el Ángel con el arado y el buey. Vivió años más tarde en la calle 25 de Mayo 337 de San Isidro, lugar donde funda en 1949 el Instituto de Cultura Superior. Allí se conserva una habitación con recuerdos queridos que pertenecieran a nuestro cardenal.
Deseo evocar en este trabajo las palabras de Monseñor Copello al recordar, en aquel entonces, los 60 años de la epidemia de fiebre amarilla y evocar la actuación del clero. Sesenta y siete de los pocos sacerdotes que había entonces fallecieron en el cumplimiento de su deber, por asistir a los apestador y llevarles los consuelos de su sagrado ministerios. Lleva en su discurso palabras de Guillermo Rawson: “Yo he visto, señores, en altas horas de la noche, en medio de aquella pavorosa soledad, a un hombre vestido de negro, caminando por aquellas desiertas calle… Era el sacerdote que iba a llevar la última palabra de consuelo al moribundo. Sesenta y siete sacerdotes cayeron en aquella terrible lucha…” Monseñor Copello declaró en aquella oportunidad que este era un honor para el clero católico de Buenos Aires. Y agregó: “La acción del clero en esa pavorosa circunstancia, es un hecho admirable y un ejemplo aleccionador, no solo para los ministros del santuario, sino también para cuantos se honran con el nombre de cristianos.”
Otra obra digna de destacarse  es la fundación del Instituto de Cultura Religiosa Superior, cuya acta data del 3 de mayo de 1933. Monseñor Copello tenía una manifiesta preocupación por la esmerada formación de laicado y prestó una especial atención alas ramas femeninas de la Acción Católica. A mediados de 1938 la Sra. Juana González de Devoto donó la mansión de la calle Rodríguez Peña 1054, donde hasta el día de hoy el Instituto de Cultura Religiosa Superior tiene su sede.
Esta casa de estudios va mostrando sus frutos gracias a la acción conjunta de la por aquel entonces presidente, Natalia Montes de Oca, y su asesor eclesiástico, el presbítero Montánchez. De allí surgen verdaderas vocaciones para una consagración total al Divino Maestro.    El 14 de Mayo de 1942, Monseñor Copello solicita a la Santa Sede las facultades para erigir canónicamente una congregación religiosa femenina: la Compañía del Divino Maestro. Creada “para la gloria de Dios, Nuestro Señor, Extensión de su conocimiento y de su Amor y Santificación de las Almas”. [1]
Presbítero-Obispo-Arzobispo-Cardenal y Canciller, Monseñor Copello fue siempre sacerdote consagrado por entero a su misión eclesial y modelo de piedad sacerdotal para las nuevas generaciones de Levitas y Servidores del Santuario. Amó a su patria con todo el corazón y tuvo una tierna y filial devoción a la Madre de Dios, principalmente en su advocación de Nuestra Señora de Luján. En su deseo de rescatar nuestra historia, Monseñor Copello publicó un libro cuyo título era “Gestiones del arzobispo Aneiros en favor de los indios hasta la Conquista del Desierto”. Es un libro de amplia documentación, en cuyas páginas podemos leer cartas de caciques, en las cuales aparecen reflejadas sus inquietudes y esperanzas.
Por determinación del Papa Juan XXIII Monseñor Copello es designado Canciller de la Iglesia Católica el 14 de noviembre de 1959. Fiel a la Sede de Pedro, para responder al llamado del Pontífice abandona su patria y se instala en Roma, la Ciudad Eterna. Desempeña con dignidad el honroso cargo que la fuera encomendado, feliz por estar sirviendo a la Silla Apostólica en los últimos años de su venerable anciandad. Su blasón episcopal ostentaba el lema “Veni Domine Jesu”.
El día 9 de febrero de 1967 moría en Roma, lejos de Buenos Aires, su ciudad amada, la que le fuera encomendada para la gloria de Dios. Sus últimas palabras fueron “Vayamos al encuentro de Jesús y María”.
Sus restos hoy descansan en la cripta de la Basílica del Santísimo Sacramento, sitio solicitado expresamente por Monseñor Copello en su testamento.
Vaya este recuerdo a la memoria de este gran Evangelizador, que fuera verdadero padre y pastor de la grey que le confiara el Señor Jesús.
Clara Helena Nougués de Monsegur.
Beccar, 10 de marzo de 1996
Fuentes documentales:
à   Legaciones Pontificias: Cardenal Copello.
à   Cartas Pastorales y Documentos del Cardenal Copello.
à   “Homenaje Instituto de Cultura Religiosa Superior” Año 1980
à   Libros El Vicentino
à   Datos entregados por la Hna. Delia María, del Instituto de Cultura Religiosa Superior
Apéndice 1
Monseñor Santiago Luis Copello
Delegado Pontificio en:
à   Paraguay: agosto de 1937
à   Uruguay: noviembre de 1938
à   Santa Fe-Argentina: octubre de 1940
à   Santiago de Chile: noviembre de 1941
à   Buenos Aires-Argentina: octubre de 1944
à   Luján-Argentina: Primer Congreso Mariano Nacional, octubre de 1947.
à   Buenos Aires-Argentina: Primer Concilio Plenario del Episcopado Argentino, noviembre de 1953.
Apéndice 2
Textos de Monseñor Copello
Recordándola…
Desde la eterna Roma
Llegué hasta el umbral de mármol
Que hace ocho décadas pisé por vez primera:
Suavemente llamó, cual nunca hiciera,
Con afecto se abrió la antigua puerta,
Pero no me esperaba ella.
La vista recorrió la hermosa huerta
De azahares perfumada
Y las flores que alegraron mi niñez
Y florecieron siempre en mi jornada,
Pero ya no las cultivaba ella.
Llegué hasta el aljibe
De aguas cristalinas frescas
Que en los días de canícula
Con caricia amante y entrañable
Acercaba a mis labios ella.
Quise saborearla nuevamente:
Me pareció que no era
Como la de mi niñez y juventud,
Es que no me la daba ella.
Me detuve en el soleado patio
Y dirigí la mirada hacia las piezas
Henchidas de recuerdos.
Palpitante el corazón, la pupila alerta
La detuve en la primera:
pero sonriente como en su larga vida
No se asomaba ella.
Más avivándose ante esta vista
En mi mente su íntimo recuerdo
Sentí que las poblaba nueva vida
Allí había estado la materna abuela
La que partió primera,
El abnegado y laborioso padre,
Angelita, de mi espíritu gemela,
Tío Luis, el hermano de ella
Que sonriente se la llevó el Señor
Eduardo y Andrés, el primogénito,
Juan y María Luisa, que las dejó postrera,
La familia buena que había criado ella
Que al verme sin partir:
Ven tu también, Santiago
Me dijo con profundo afecto
Vamos todos desde el suave nido
Donde tantos años nos unió la vida
Y cerramos los ojos ungidos con la Cruz,
A las claridades de la eterna gloria
Donde en el seno del más clemente Padre
Gozaremos sin separarnos más.
Oh, dicha sin parar:
la humilde casa de nuestro afán diario
También por siempre será real sagrario
Del Divino Maestro que os enseñó a amar
Cuando cesó la dulce voz amada
Que yo escuché cuando era niño
Y besaba la material mejilla,
Con emoción y sin igual cariño
Mi labio sobre la cruz resonaba
Colocada en mi corazón por ella…
+ S. L. Card. Copello
Roma, noviembre 2 de 1963
Entregado a mis manos por la Hna. Delia María, del Instituto Superior de Cultura Religiosa de San Isidro, fue escrito por Monseñor Copello en memoria de su madre.
El bicheadero de Pueyrredón (memorias del niño Santiago Luis)
De las poblaciones que rodean a la ciudad de Buenos Aires, San Isidro; sin lugar a dudas, es la más hermosa.
La mano del Creador derramó en ella un cúmulo de bellezas, que Santiago Luis Copello conoció como pocos, por la circunstancia de que, siendo su padre el proveedor de casi todas las familias que poseían los lugares más pintorescos, tuvo libre acceso a ellos.
Era la época en la cual el progreso material aún no había destruído las grandes quintas ni las casas solariegas; en que su río, sin el menos cuidado de sus hombres, se manifestaba en toda su grandeza natural; en que muchas barrancas, cubiertas de arboledas, con senderos de encantos misteriosos, ofrecían rústicos panoramas realmente fascinantes.
En los días de sol, en los cuales las aguas del río parecían realmente de plata, la vista llegaba hasta las islas del Delta y hasta la costa de la otra “banda”, hasta divisar las torres de la que casi podríamos llamar aldea de Buenos Aires porque aún no había iniciado su colosal crecimiento. Desde la barranca de los “Tres Ombúes”, el atardecer llenaba el alma de ideas de paz y bondad.
En los días grises se cerraba el horizonte, las aguas del Plata parecían barrosas, y, si soplaba la sudestada, se encrespaban la olas que cubrían los sauzales y no pocas veces llegaban al pie de las barrancas.
La vasta quinta que había sido de Juan Martín de Pueyrredón  -uno de los próceres argentinos- ocupaba una de las más hermosas posiciones. desde distintos puntos de ella se podía disfrutar de paisajes de singular hermosura.
El niño Copello solía visitar esta quinta, a la sazón propiedad de los Aguirre. Por la gran portada de hierro transitaba la magnífica avenida de pacaráes, dejando a la izquierda la vieja casona del prócer; cruzaba un bosquecito de eucaliptos y luego, bordeando la barranca, llegaba hasta aquel lugar en el cual se podía contemplar el estupendo panorama.  Allí, en esa saliente, había una habitación derruida, de la que quedaba solamente el muro que da al oeste y una parte del sud y norte, estando el suelo cubierto de zarzas y espinos. Qué habrá sido esta morada; se preguntaba el niño. Y no tardó en saberlo.
Era el bicheadero de Pueyrredón, desde donde su mayordomo, en años lejanos, vigilaba toda la costa, en la que sus esclavos debían dedicarse a las duras tareas que le señalaba el amo.
Cuántas veces, sentado en el muro derruido, mirando el horizonte, en esa hermosa soledad tan apta para los nobles pensamientos, el niño soñaba.
Octubre de 1896. El arzobispo Castellano ha dispuesto que el seminarista Copello vaya a cursar sus estudios eclesiásticos en la Universidad Gregoriana de Roma, y no puede partir sin despedirse de esos senderos misteriosos de las barrancas queridas, del amplio horizonte del río. Llega hasta la quinta Aguirre[2] recorriendo el camino conocido y se detiene ante las ruinas del bicheadero. Su mirada descansa un instante en tantas cosas hermosas que habían despertado alguna grata emoción en su espíritu durante los años transcurridos. Luego la fija en el río, en el horizonte, en el cielo de suave transparencia, como para grabar su recuerdo en lo más íntimo del alma. Y en esa tarde tranquila y majestuosa, a media voz, entona la estrofa que días antes había entonado ante la Virgen de Luján:
Mañana en un frágil barco
me he de engolfar en la mar
daré un adiós a mi patria
el último adiós quizá
más si Dios quisiera
que ya no vuelva más
mi corazón aquí os dejo
Oh Virgen de Luján.
Al abandonar el bicheadero, sus ojos revelaban la emoción que lo dominaba.
Se detiene. Se acerca al muro que daba al oeste, y tiene la debilidad de grabar en él, con toscas letras, su nombre.
Octubre de 1903. Santiago L. Copello ha regresado de Roma convertido en sacerdote de Cristo. Ha bendecido y abrazado a sus padres y hermanos, a quienes en todo momento había estado unido en espíritu durante su ausencia; se ha postrado ante el altar del Santo, que siempre ha sido su intercesor ante Dios. Vuelve a visitar las barrancas y sus lugares predilectos. Todo está como era entonces… La más profunda emoción embarga su espíritu. Penetra en la quinta de Aguirre. recorre las sendas conocidas. Llega hasta el bicheadero. El mismo panorama. Detiene su mirada sobre los mismos gratos objetos, la eleva hasta el muro que los vientos no han podido derribar. Entonces descubre, medio cubierto por el musgo, al nombre que grabara hace años. Luego regresa feliz a su hogar por los senderos silenciosos, mullidos de hojas que los inviernos han ido amontonando.
Pocos años después el progreso destruye todos esos sencillos encantos. Se fraccionó la quinta. Se derribaron los árboles. Desaparecieron las sendas umbrosas. También cayó, bajo la demoledora piqueta, el bicheadero de Pueyrredón.
Sean estas líneas un modesto testimonio de los gratos recuerdos vinculados a sus muros casi derruidos que visitó Santiago desde su niñez dichosa en San Isidro.
Ensamblo este recuerdo del niño Santiago Luis Copello, antes de partir de Roma, al Colegio Pío Latinoamericano, y luego su retorno y el cambio que fue notando en su San Isidro de antaño con sus propias palabras.
Sobre la cuestión social:
Nuestro seminarista llegó a Roma cuando estaba en todo su apogeo el entusiasmo despertado por la Encíclica “Rerum Novarum”, publicada poco antes por el Sumo Pontífice León XIII. Naturalmente, este entusiasmo no podía menos que contagiar al joven, y así, los tiempos que le dejaban libres los estudios universitarios -de acuerdo con sus superiores- los dedicaba a la cuestión social. Por otra parte, como su obispo había dispuesto que enviara correspondencia a los diarios católicos de Buenos Aires, cumpliendo este mandato Copello escribía en ellos con la frecuencia posible.
Ordenado sacerdote y de regreso a la Argentina, no descuidó esos problemas en el desempeño de su ministerio, y así vemos que colaboró incesantemente en cuantas obras se dedicaban a asuntos de tan importante trascendencia. Ya podemos ver su pensamiento básico sobre esta materia en la correspondencia que escribía desde la Ciudad Eterna. Si espigamos en los diarios de la época, encontramos en ellos los párrafos siguientes:
El 2 de diciembre de 1898 un grupo de argentinos era recibido por Su Santidad León XIII, y al obtener del Sumo Pontífice una bendición para los obreros argentinos, en la crónica que se publicaba en un periódico de Buenos Aires  escribía Copello el 28 de ese año: “Creo que los obreros de la Argentina pueden darse por satisfechos: el Vicario de Jesucristo aprueba su obra, los bendice. Esta bendición especial es un nuevo título para que prosigan incansables por el camino empezado. Que los católicos todos se esfuercen para que el deseo del Sumo Pontífice muy presto se realice. Ni se detengan ante los obstáculos que a su ejecución se opondrán, pues la protección del Señor les está de nuevo asegurada. Que se pongan en condición de satisfacer plenamente su cometido: enseñar a los argentinos todos sus deberes, proteger los conculcados derechos, siguiendo las enseñanzas del inmortal León XIII, contenidas en su áurea Encíclica Rerum Novarum.”
En abril de 1899 se publicaba una carta de ese mismo corresponsal de Roma acerca de los congresos católicos de Italia: “…para que los católicos argentinos vean, con un ejemplo más, la importancia de esas asambleas para restaurar en la sociedad el reinado de Jesucristo”. Añadía luego que en estos congresos se ha tratado “de la acción católica y de economía social cristiana, con resultados prácticos muy satisfactorios. Prueba de ello son los millares de asociaciones católicas que se han ido formando en Italia para proveer a las necesidades del obrero, para ayudar al campesino, es decir se echa mano de todos a los bienes que favorecen el bienestar material, sin descuidar, naturalmente, el bienestar moral que es el principal.” El Santo Padre encomendó a los que dirigen el movimiento católico que no sigan en su pensar y en su obra sino el camino que les enseñara sus Encíclicas.  “La obra de los congresos procurará, con actividad mayor de la desplegada, prevenir e inutilizar las insidias que el socialismo tiende a las clases más numerosas, usando como medios las obras más adecuadas, no solo a defender el derecho riguroso de las clases inferiores, sino también, guiados siempre por la justicia y la caridad, a satisfacer sus legítimas aspiraciones de mejora”. “Estas son algunas de las ideas presentadas en la asamblea de Bolonia, ideas que están conformes con las enseñanzas del Sumo Pontífice, como puede verse en la admirable Encíclica ‘Rerum Novarum’ ”.
En junio del mismo año, publicaba: “Los católicos continúan trabajando con ahínco. Por todas partes se están estableciendo las sociedades católicas. A los católicos argentinos les repito: aprendamos de los católicos italianos. Organicémonos, instruyámonos”.
En agosto de 1899 el mismo corresponsal escribía: “Cuanto más se ataque a la democracia cristiana, menos podrá adelantar la reforma social que sigue las normas contenidas en la áurea Encíclica Rerum Novarum, puesto que en esta Encíclica están contenidos los propósitos y el programa  de este simpático grupo, que es lo que defiende en Austria el Dr. Lueger, en Francia León Harmel, le bon père, en Bélgica Monseñor Doutreloux, y en Italia el profesor Toniolo”.
En septiembre del mismo año, el corresponsal decía: “En el mundo obrero, ¿Quién hay que no conozca a León Harmel? Rico industrial del Val des Bois en Francia, gracias a la exacta aplicación entre sus obreros de los principios de la Encíclica Rerum Novarum ha conseguido lo que es tan difícil en estos tiempos: que sus obreros lo amen. Por lo mismo que es verdadero cristiano, la justicia reina en sus fábricas y ninguna de sus acciones sigue la economía liberal engendradora del odio que el obrero tiene al patrón. Habiendo ido a Roma con sus obreros, León XII hizo leer por Mons. de Croij, el discurso siguiente: ‘Nuestro mayor deseo es hacer ver como la Iglesia es la verdadera Madre de los pueblos. Ella guía las almas hacia el cielo por el camino de la fe y de la virtud, pero al mismo tiempo no desprecia sobre esta tierra los intereses temporales, ella los santifica, cuando ennoblece el trabajo de los humildes, y cuando inclina el poder de los más encumbrados a hacer el bien’.”
En septiembre de 1900 escribía, con relación al Congreso Católico celebrado en Roma: “Los mejores trabajos los ha presentado la sección de economía social. En ella se ha aprobado una conclusión que encierra algunas de las ideas de los reformadores de que tuve ocasión de hablar en mi anterior. Según ella, el movimiento obrero en adelante deberá organizarse por medios o corporaciones, cuando sea posible, mixtas, es decir de patrones y obreros, y simples o de solo obreros en los demás casos.”
En el mismo año, en ocasión de las peregrinaciones a Roma para ganar indulgencias en el jubileo promulgado por Su Santidad León XIII, el corresponsal escribía: “Entre estos peregrinos abundaba hijos del trabajo. Si, ellos los de la mano callosa y la tez bronceada, en número considerable vienen a Roma. como para hacer ver a los pueblos que mientras la reivindicación de todos los derechos hecha por la Iglesia no es perfecta realidad, la unión con Jesucristo es el único consuelo del obrero, la adhesión al Vicario de Jesucristo es lo único que pondrá, con justicia y con mayor rapidez, el cauterio que sanará el cuerpo social”.
El 15 de mayo publicaba: “Nueve años ha, con júbilo indecible de todos los que sentimos latir en nuestro pecho un corazón amante de la justicia y la libertad, el Supremo Jerarca de la Iglesia dictaba al mundo las normas que debía seguir para no separarse del camino de la justicia. El 15 de mayo de 1891, con la publicación de la Encíclica Rerum Novarum, código de nuestras reivindicaciones, comienza una nueva era para la clase obrera”.
En el mes de enero de 1901 escribía acerca de las cajas rurales: “pero no sucederá la explotación de los campesinos, si no se lo permitimos, si ocupamos nosotros el terreno, especialmente con nuestras Cajas Reiffeisen. Ellas serán para nuestros campos, la providencia y para nuestros agricultores estímulo potente de progreso. Cuando ellas dominen por todos los ámbitos de nuestra República, veremos el apetecido progreso de nuestra riqueza agrícola.”
En septiembre del mismo año decía: “El movimiento católico italiano, siguiendo siempre la seguras directivas pontificias, tan bien interpretadas en la fórmula de Toniolo: de actuar la elevación material, moral y cívicas de los obreros, se ha desarrollado especialmente en la Ligas del Trabajo. Los católicos italianos enseñan. Ligados a nuestra Patria por fuertes vínculos de sangre, sus ejemplos podrían sernos muy eficaces. ¿Por qué no seguirlos?”
Son del mismo mes las frases siguientes: “Ante los problemas del trabajo, ¿qué partido tomará el sacerdote? No es mía la respuesta. El Jerarca Supremo de la Iglesia, esa lumbrera que sí siempre iluminó, en la persona de León XIII despidió destellos de claridad providencial, ha trazado en sus enseñanzas sublimes, sencillas y siempre prácticas, nuestra regla de conducta: Vamos al pueblo, ese ha sido su grito de combate, y su voz de mando. Vamos al pueblo para predicarle los principios del Evangelio, y no los principios del Evangelio entendidos según los dogmas liberales, sino en su genuina significación, que practicada siempre por la Iglesia, ha hecho de ella la gran protectora de los pueblos a través de los siglos”.
Podríamos seguir transcribiendo citas sobre la cuestión social de la correspondencia que Copello enviaba desde el Colegio Pío Latinoamericano. Pero las transcriptas bastan para ver su preocupación sobre éste problema, y al leerlas ahora, vemos sus ideas -que eran las del gran León XIII- de palpitante actualidad.
De acuerdo con estas ideas, realizaciones suyas fueron las numerosas parroquias que hizo construir en las zonas populares, una de las cuales puso bajo la advocación de Cristo Obrero, el Sanatorio San José, el Campo de Deportes de los Círculos de Obreros, la Maternidad de A. Morgan, el Barrio Obrero del Parque Naón, etc.
En el Consejo General de la Federación de los Círculos de Obreros, reunido en Buenos Aires el 27 de octubre de 1951, se dijo lo siguiente: “El apoyo de Su Eminencia a la Federación ha sido y es tan extraordinario que alentando a los dirigentes de la misma, les ha permitido presentarla en pujante y gran progreso que es dable admirar a propios y extraños; por lo que reseñar cuanto ‘el Cardenal de los Obreros’ hizo y hace por sus queridos Círculos de Obreros sería tarea ímproba, pues los jalones de oro se suceden uno tras otro y marcan rumbos indelebles, señalan una etapa ascendente de la Federación, cuyo clamor ilumina el campo social católico argentino”.
También se afirmó de él en esta oportunidad: “Su profundo espíritu apostólico le da generoso calor a las Vanguardias Obreras Católicas y a la Mutualidad Católica Femenina, así como a las agrupaciones de trabajadores nacidas al amparo de la Federación, velando no solo por los hombres de los Círculos de Obreros, sino por sus familiares representados en los jóvenes y las esposas, hermanas, madres y demás integrantes de la nueva rama de la Obra”.
En enero de 1947, Mons. Di Pasquo escribía a Su Eminencia: “Me complazco en recordarle que ha sido V.E. el creador y fundador de la J.O.C. en el país cuando, en nombre del episcopado, aprobó con su firma los estatutos de la J.O.C. recuerde usted cuánto nos alentó en esos días que se dignó imponer los distintivos al primer grupo de dirigentes nacionales y arquidiocesanos de la J.O.C. Recuerde aquellos días, recientes todavía, en que oficializó el primer núcleo de la J.O.C. en su mismo Palacio Arzobispal. recuerde, en fin, el entusiasmo que infundió a toda la muchachada obrera que lo aclamaba al entrar por primera vez  en nuestra sede para bendecirla. Toda esa es obra suya, Eminencia, bendecida, aconsejada y alentada con su palabra y gestos de paternal benevolencia.”
Publico este artículo suelto para que se conozca la obra del Cardenal Copello  en favor del obrero.
Resumen:
Don Santiago Luis Copello fue primer Cardenal Argentino e Hispanoamericano. Nacido en San Isidro, una precoz inclinación por las cuestiones religiosas le llevó a incorporarse en 1894 al Seminario Conciliar. Dos años más tarde el entonces arzobispo de Buenos Aires, Monseñor Uladislao Castellanos, lo envía a Roma para que estudie en el Colegio Pío Latinoamericano. De regreso a su patria se desempeña en diversos ministerios que van perfilando los rasgos que habrán de distinguirlo en su acción sacerdotal como un futuro Jefe de la Iglesia. En noviembre de 1918 el Papa Benedicto XV le designa obispo de Aulón y auxiliar de La Plata; quedó al frente del arzobispado de Buenos Aires cuando su titular, el arzobispo José María Bottaro, viajó a Roma. Un año más tarde, producida la renuncia de Monseñor Bottaro, se convierte en el sexto obispo metropolitano.
Su arzobispado fue dinámico por la cantidad de obras que realizó. Organizó admirablemente la administración eclesiástica; creó numerosos templos, parroquias y obras de asistencia. Se preocupó por el estímulo de las vocaciones sacerdotales. Además, presidió el Primer Congreso Eucarístico Internacional evento que brindó el espacio para una extraordinaria demostración de la fe católica de nuestro pueblo, reuniendo en algunos de sus actos a más de un millón de personas. El Papa Pío XI, después de reconocer la excepcional labor de su arzobispo, el 16 de noviembre de 1935 lo ungió cardenal. Era el primer purpurado de nuestro país y de Hispanoamérica. Se llegó a decir que “llenó de sagrarios y campanarios, erigiendo además numerosísimas parroquias y obras educativas y de asistencia”. Debemos recordar también entre sus obras al Instituto Superior de Cultura Religiosa y la Sociedad de San Vicente de Paul.
Por determinación del Papa Juan XXIII es designado Canciller de la Iglesia Católica el 14 de noviembre de 1959. Fiel a la Sede de Pedro, para responder al llamado del Pontífice abandona su patria y se instala en Roma. El día 9 de febrero de 1967 moría allí, lejos de su ciudad amada, la que le fuera encomendada para la gloria de Dios, a los 87 años dejando a lo largo de su vida un iglesia por cada año vivido. Es decir, 87 templos. Sus restos hoy descansan en la cripta de la Basílica del Santísimo Sacramento.