Medio Siglo de una Urbanización

Por Alberto David Leiva

Después de las dos primeras décadas de este siglo y paralelamente con el crecimiento de la Ciudad de Mar del Plata, muchos pueblos de la Provincia comenzaron a perder su carácter de villas veraniegas.
En San Fernando, aunque las viejas quintas mantenían incólume todo su encanto y su prestigio, ya no se edificaron nuevas residencias. En cambio, se dio un incremento de la población permanente, acompañado por la consiguiente expansión de la planta urbana.
A principios de 1939 comenzó a aparecer en los periódicos de la Capital Federal el aviso de que la firma Giménez Zapiola (Florida 239) remataría el domingo 26 de marzo la gran casa quinta perteneciente a la familia Iriarte, incluyendo otras tres casas y 193 lotes de terreno que componían la propiedad.
Viajando hacia el norte, por el camino de macadam o Avenida Carlos Pellegrini (hoy Avenida del Libertador) a poco de transitar por la calle Alsina —que entonces la continuaba— y a escasos minutos del casco histórico del pueblo de San Fernando, podía verse a mano derecha, entre la quinta del arca y la que fue de don Samuel Hale Pearson, una extensa fracción de terreno adornada con hermosa arboleda.
A lo largo de cinco cuadras se extendía una pequeña barranca, surcada de este a oeste por las actuales calles Maximino Pérez, Fernando Cordero, Miguel Cané y Almirante Brown, (vulgarmente llamada Barranca de Albarracín) y se aplanaba una cuadra antes de llegar al trazado del ferrocarril del Bajo, cuyas vías limitaban de norte a sur toda la fracción.
Según la modalidad inmobiliaria de la época, los lotes se ofrecían a pagar en 120 meses sin ningún interés.
A las 14,30 del día prefijado se inició el remate, y se vendieron rápidamente 50 lotes, pero quedó sin comprador la gran casa quinta, que volvió a salir a la venta junto con el resto de los lotes el domingo 19 de noviembre a las 15 horas. Esta vez condujo el remate la firma Ricardo Castiglioni, con oficinas en Buenos Aires (Lavalle 391) y en Tigre (Cazón 1065).
La casa principal, ubicada en la esquina de las actuales calles Cordero y Dr. Manuel de San Ginés, a la que se accedía entonces por Alsina 1998, se conserva todavía como sede del Club Italiano, institución de honesta trayectoria en San Fernando, y se distingue fácilmente por ese estilo arquitectónico que aquí llamamos “colonial”, con una torre y grandes arcadas, en otro tiempo flanqueadas por artísticos faroles. Su estructura, constituida sin lujo y de sólida planta, se adecuaba perfectamente a la idiosincrasia y necesidades de la familia Iriarte, y permite evocar con claridad su modo de vivir sencillo y laborioso.
Después del segundo loteo, el barrio comenzó a conformarse y a crecer.
En primer término se vinculó rápidamente con la planta histórica de San Fernando a través del camino adoquinado al Tigre, después 11 de septiembre y luego, hacia el sur, hasta dar con la quinta del Arca, asiento del atelier de Cupertino del Campo.
Aunque esta quinta subsiste en lo esencial, a partir de los años 60 el todo se juntó con la prolongación de Punta Chica, acrecida en esos años a expensas de los terrenos que habían sido de Mercedes Elortondo de Alvear, y donde aún subsiste el Palacio Sans Sousí recuerdo de un magnifico pasado.
Mucho más lentamente, y en forma todavía hoy precaria, el barrio se vinculó hacia el sudeste con los terrenos más bajos, atravesando las vías hasta llegar a la costa, asiento del balneario La Floresta, entonces ubicado donde hoy se alzan varios clubes náuticos de gran nivel.
Aunque limitó con todos los sitios arriba mencionados, el barrio nunca se confundió con ninguno de ellos. Protegido por sutiles fronteras; espera todavía ser bautizado por la imaginación popular, mientras ostenta una identidad ya consolidada a lo largo de medio siglo.