MARÍA TAPIÉ

Por Horacio Ambrosoni

En el libro “La Educación en San Fernando”; cuyo autor es mi amigo el historiador Héctor A. Cordero, hay una brillante síntesis biográfica de la señorita María Tapié, maestra de tres generaciones, como dice Cordero, con algunos datos que yo, que fui su alumno desde 1917 hasta mediados de 1923, desconocía a pesar del gran cariño que le tenía mi padre, que también fue alumno de ella, y posteriormente su amigo, y de la cual nos hablaba en casa muy a menudo.
Así fue que me enteré que su padre, Marcelo Tapié, era francés, y su madre María Escudero, argentina, descendiente del patriota de 1810 Juan José Paso. Que de niña concurrió a uno de los primeros colegios particulares para niñas —en aquellos tiempos no había colegios mixtos— situado en una casa de lo alto de la barranca de la calle Constitución e Ituzaingo, que sostenía económica y moralmente la generosa Petrona Villegas de Cordero, cuyo nombre lleva el Hospital de San Fernando.
Nació en 1857 y cuando contaba alrededor de 14 años, comenzó a dar clases particulares. Pocos años después instaló su propia escuela en una amplia habitación de la casa en la cual vivía con su madre y temporariamente con su hermano, ubicada en la esquina Noroeste de la calla Constitución y Rivadavia. Como dato curioso, señaló Cordero, que aunque terminó todos los estudios correspondientes al magisterio, no obtuvo el título de maestra porque no viajó a la Capital para rendir los exámenes finales ante las autoridades nacionales.
En esa habitación fue su alumno mi padre, nacido en 1872, y lo fue de muy pequeño, alrededor de 1878, o sea a los pocos años de que la escuelita fuera inaugurada. No sé cuantos años mi padre fue alumno de la señorita Tapié, pero sé que fueron varios. Y con esa base, sólida sin duda, siguió sus estudios en el Colegio Inglés, de enseñanza superior, supongo similar a la secundaria actual, en el que fue compañero de los que fueron apellidos tradicionales de la sociedad sanfernandina, tales como Kay, De Marzi, etc.
En esa misma aula fueron alumnos de la señorita Tapié 6 de mis 7 hermanos. El último fui yo durante 6 años, ya que a mediados de 1923 se produjo una vacante en la Escuela Normal Nacional, en el quinto grado, por el alejamiento de Queque Villa, uno de los hijos menores del gerente del Banco de la Provincia de Buenos Aires. Fui bien preparado, ya que no tuve ningún inconveniente en adaptarme y terminar mis estudios primarios en forma normal en un colegio nacional que permitía el ingreso directo al Colegio Nacional de San Isidro para completar el bachillerato.
Yo no vivía cerca de la escuela de la señorita Tapié, sino a 12 cuadras, en la actual avenida del Libertador al 1.100 (antes A. Alsina). Me trasladaba en un “carruaje” tirado por caballos, que hacía el recorrido entre la estación y la “Punta del muelle”, o sea hasta el comienzo del Canal en su unión con el río Luján. Era un coche cubierto, con ventanillas, asiento continuo en ambos laterales y al que se ascendía por una pequeña escalera trasera. Ese servicio se inauguró en 1915 por los empresarios Passaría y Albanese, y fue el origen del popular colectivo local, conocido en sus comienzos como “el verde”.
La señorita Tapié fue una gran maestra, con un amor y dedicación extraordinarios por la enseñanza, y hay que adjudicarle, sin duda alguna, una gran capacidad y agilidad mental; ya que esa famosa aula era la única que había, y en ella dictaba sus cursos en un mismo horario para los alumnos de primero a sexto grado, que en una cantidad de aproximadamente 25 o 30 concurrían a ella. Todos aprendían sin dificultades, y todavía se las ingeniaba para atender a su madre anciana, preparar la comida y hasta jugar con un inefable loro parlante de origen paraguayo.
Usaba mucho el pizarrón, pero también hacía escribir mucho a los alumnos en su pupitre, recorriendo, los pasillos y acercándose a ellos para aclararles los distintos temas y facilitar el aprendizaje. Éramos, desde luego, pocos alumnos por grado, y en esa aparente torre de Babel todos aprendían, porque la señorita Tapié también sabía conservar el orden y la disciplina, con muy buenos modales y sin castigar a nadie. Todo ello fue, sin duda, el secreto del éxito de esa enseñanza poliforme.
Admiradora sin límites de Sarmiento, inculcó ese sentimiento a sus alumnos, a quienes contaba su emoción cuando viviendo transitoriamente en Asunción del Paraguay, presenció y acompañó el cortejo fúnebre de ese ilustre hombre argentino hasta el buque que trajo sus restos a la Patria. No dudo de su influencia en la admiración de mi padre por Sarmiento.
Vivía intensamente su fe patriótica y, ya mayor, seguía desfilando, orgullosa con su guardapolvo blanco, al frente de sus alumnos en los desfiles escolares de las fiestas patrias.
Ejerció su magisterio hasta muy mayor, y murió en 1943, tan pobre como lo fue toda su vida. Su riqueza, enorme, fueron sus méritos, su conducta y su pasión por la enseñanza. Los repartió a manos llenas entre sus alumnos. Por eso su nombre y ejemplo perduran en nuestro recuerdo. Fue sin duda un trozo brillante de nuestra historia local.