Madero, San Fernando y la nueva Capital de la Provincia

Por Alberto David Leiva


Producida la federalización de Buenos Aires, los hombres de la Provincia comenzaron enseguida a buscar un sitio donde establecer la nueva capital. El gobernador Carlos D’Amico nombró, por decreto de fecha 4 de mayo de 1881, una comisión encargada de hacer el estudio comparativo de las siguientes localidades: Ensenada, Quilmes, Barracas al Sud, Los Olivos, San Fernando. Zárate, Chascomús, Dolores, Mercedes, San Nicolás, Belgrano y San José de Flores.

Integraban la comisión Aristóbulo del Valle, senador nacional por Buenos Aires; Eduardo Costa, Procurador General de la Nación; Guillermo White, presidente del Departamento Nacional de Ingenieros; Eduardo Wilde, presidente de las Obras de Salubridad; Faustino Jorge, presidente del Ferrocarril Oeste; Manuel Porcel de Peralta, presidente del Consejo de Higiene de la Provincia; los diputados nacionales Antonino Cambaceres y Saturnino Unzué, y el presidente del Departamento de Ingenieros, Francisco Lavalle. Como secretario se designó a José María Ramos Mejía.

El cuerpo contaba con un plazo de 4 meses para expedirse sobre las condiciones que ofrecía cada una de las 12 localidades para ser capital, teniendo en cuenta los siguientes puntos:
1) ventajas e inconvenientes para la administración de la Provincia.
2) calidad de los terrenos en que deba levantarse la ciudad, para la edificación. y de las circunvecinas para la agricultura.
3) calidad de agua suficiente para servir las necesidades de una ciudad populosa.
4) facilidades de comunicación con el exterior.
5) condiciones para el establecimiento de vías fáciles de comunicación con la capital de la Nación, con las demás provincias argentinas y con el resto de las provincias.
6) facilidad de hacer las obras de arte indispensables a la higiene y comodidad de un gran centro de población.

No había transcurrido una semana, cuando don Juan N. Madero remitía a su viejo amigo Domingo Faustino Sarmiento, para publicar en El Nacional, un articulo propugnando la capitalización de San Fernando.

Sarmiento hizo llegar de inmediato al diario el artículo de Madero; y como sentía verdadero cariño por el pueblo que había conocido por primera vez 25 años antes, agregó de su cosecha el dato de que esa había sido también la capital para el difunto doctor Vélez Sársfield; que era el camino y puerto de las islas y del cabotaje, y que si se fijara allí la futura capital, tendría en derredor suyo el paisaje, el panorama, las costas y los canales más bellos del mundo.

Preocupado por presentar la realidad sanfernandina de la mejor manera posible, Madero publicó sus opiniones entre el 12 y el 16 de mayo de 1881, insistiendo después en sus argumentos entre el 7 y el 11 de julio del mismo año.

Poseído de un entusiasmo poco frecuente a los 74 años, el Patriarca de San Fernando explicaba que su pueblo, situado por tierra a 25 km. de Buenos Aires y a 21 por agua, podía comunicarse instantáneamente con la capital por dos líneas telegráficas, en una hora por ferrocarril y en dos y media o tres por vehículos de sangre; situación ésta sumamente ventajosa, porque permitía viajar y volver diariamente de la nueva capital a la mayoría de los empleados de la Provincia, que por entonces estaban todavía radicados en la ciudad de Buenos Aires. Los empleados, decía Madero, podrían concurrir diariamente a San Fernando en trenes expresos, que los conducirían en 35 o 40 minutos a sus oficinas sin notable alteración de su orden doméstico. Como la ciudad estaba inmediata a la Capital de la República pero sin lindar con ella, eso la colocaba en mejor situación que a las colindantes y le daba ventaja sobre aquellas ubicadas a más de una hora de viaje.

También superaba San Fernando a los otros municipios por el hecho de poseer numerosos terrenos libres, no sólo dentro de la traza del pueblo, sino muy especialmente desde donde ella termina hasta donde linda con San Isidro, que es —escribía— una preciosa colina con 2500 metros de frente sobre el río de la Plata, con hermosas quintas y arboleda hasta tocar con el agua, lo cual le hace uno de los puntos más pintorescos y sanos de la Provincia.
Existían también en el pueblo obrajes de ladrillo y objetos de tierra romana, yeso y alfarería, y en las islas, fábricas de baldosas y tejas. Los ladrillos de máquina podrían recibirse por ferrocarril desde las dos mejores fábricas que había en la República, instaladas a escasos 4 km., y las maderas, cal, piedra y arena podrían llegar en cambio en forma cómoda y económica por el puerto, ubicado en la confluencia de los ríos Luján con el Plata, recibiendo directamente del exterior los artículos necesarios, con menos gastos y demoras que en otros lugares, especialmente todo tipo de alimentos, combustibles, leña y carbón, llegadas fácilmente de las islas y de las provincias ribereñas del Paraná, junto con maderas duras provenientes de los obrajes del Chaco.

El puerto de San Fernando era el más hondo de toda la costa hasta la Ensenada. Aplicando los conocimientos de la época, Madero explicaba que el Río Luján, por su natural abrigo de la sudestada ofrecería refugio seguro, aún en bajante a nuestros buques de guerra; que quedarían más protegidos de un ataque exterior que si estuviesen en la capital de la República, en la Ensenada o en Martín García, y que para ello sólo se requería dragar un pequeño canal comunicando el puerto de San Fernando con la Playa Honda en el primer caso y el Río Luján con el Paraná de las Palmas en el caso del apostadero naval.
“La utilidad de la apertura de los dos indicados canales, escribía Juan Nepomuceno Madero en 1881, viénese demostrando desde principios de siglo” y para comprobarlo, traía a colación el informe de febrero de 1806 elevado por el Capitán de Navío ingeniero Eustaquio Giannini al Virrey Sobre Monte, el del Almirante ingeniero naval estadounidense Carlos Davis de 1869, los proyectos de los ingenieros ingleses Bell y Miller, el del ingeniero argentino Luis A. Huergo en 1876 y el del italiano Luis Dell’Isola en 1879. Es dable suponer que debió mediar en este punto el asesoramiento de su hermano Eduardo Madero, si se considera que éste presentó un año después, el 20 de julio de 1882, un importante proyecto para construir el puerto de Buenos Aires.
El canal integrado al puerto, de 900 metros de largo por 30 y 27 de ancho, admitía hasta 50 buques de los mayores de cabotaje de aquella época, dejando libre el paso para el movimiento de entrada y salida. Revestido por fuertes paredes de ladrillo con cal en su primer tercio, y con grandes vigas de madera dura, contaba con anchas escaleras y un andén en cada orilla para efectuar con rapidez las operaciones de carga y descarga al abrigo de los vientos y de la violencia de las aguas, disminuyendo los costos y los gastos de tripulación y provisión; todo bajo la protección de una policía perfecta, fácil en San Fernando e imposible de establecer en el puerto de Buenos Aires.
El dique de carena, primero establecido en Sud América, estaba calculado para recibir cómodamente los buques de la escuadre nacional y cualquier otro de la navegación interior, especialmente los vapores de ruedas, y a su vera se alzaban los talleres provistos de todos los elementos necesarios para refacciones, aserradero y una máquina a vapor que se utilizaba para vaciar el dique.
Otro aspecto importante que destacaba Madero es el de la salubridad del lugar, señalando que San Fernando había sido el pueblo que menos enfermos y defunciones tuvo en las distintas epidemias, siendo todos los casos de personas provenientes de Buenos Aires. Además, su situación costera permitía a los vecinos realizar cómodos baños en cualquier momento en la orilla del río, hasta donde llegaba el arbolado de las quintas del bajo.
Por la misma situación ribereña, podrían instalarse aguas corrientes a un costo relativamente pequeño, aunque hasta entonces no se habían concretado estas obras ni las del alumbrado a gas por las exiguas rentas municipales y las alteraciones producidas por los sucesos políticos.
También dedica Madero unos párrafos a comparar la superficie del municipio de San Fernando con el porteño, puntualizando que este resultaba más pequeño. La relación se revirtió después de la incorporación de San José de Flores y Belgrano cinco años antes de la muerte de Madero, quien consideraba en 1881 que la extensión del pueblo era suficiente para ser capital de la provincia durante más de medio siglo. Forman hoy el pueblo, decía “105 manzanas de 100 varas por lado, con calles de 14 de ancho niveladas y sin obstáculo alguno: un crecido número de buenos edificios, un lindo templo, plazas, una hermosa casa municipal, biblioteca popular con más de 7000 volúmenes, un museo, 8 escuelas, etc….” “su población cuenta con 4000 habitantes. Las islas pertenecientes al municipio abrazan un área que puede computarse en 86 leguas cuadradas, y con una población de 1.200 a 1.300 personas de ambos sexos”, y con su variada producción dan ocupación lucrativa a más de 600 embarcaciones de una a cinco toneladas, en su mayoría construidas en las mismas islas.
El último párrafo del informe sobre San Fernando está dedicado a sus obras más apreciadas, la biblioteca, que sobrepasaba entonces los 7000 volúmenes y el museo, que ya en 1881 contaba con mas de 3800 objetos cuidadosamente clasificados.
Pese a que el estilo utilizado es sencillo y entusiasta, en algunos puntos el informe adopta por momentos el tono de un alegato no exento de ironía, especialmente cuando se refiere a otros pueblos de la Provincia. El antiguo periodista de El Comercio del Plata, acostumbrado a luchar por sus ideales con vehemencia, defendía ahora sus afectos del mismo modo.
Así por ejemplo, en relación con la Ensenada, anota que llevar allí la capital de la provincia sería dar un movimiento retrógrado al progreso del siglo, en que el desideratum era acercar los puertos en cuanto sea posible a los grandes centros comerciales y lo más a cubierto de cualquier agresión exterior. “¿A qué pues —dice— colocar la capital y puerto de la Provincia de Buenos Aires, tan ilustrada y rica, en un punto inadecuado y bajo los fuegos de la artillería moderna? ¡No basta que ya lo esté la capital de la República!”

En otro párrafo, aludiendo a los terrenos bajos de la ciudad de Mercedes escribe “…teniendo tan hermosas colinas y llanuras feraces, regadas con las dulces aguas de nuestros espléndidos ríos, el Paraná y el Plata, hundiremos nuestra capital en un pozo?”
En tiempos felizmente pasados, anota finalmente, podría creerse en la necesidad de instalar la capital en un punto central de la Provincia, pero suprimidas las distancias con el concurso del vapor y la electricidad es mucho más conveniente dotar a la capital de un puerto que ejerza una influencia civilizadora.

Los argumentos de Madero no fueron rebatidos por otros en contrario. Tampoco fue necesario. Sucedió que la realidad, en cambio, había dado un vuelco significativo. El país había entrado en una etapa de desarrollo sostenido, que no concebía sino propuestas ambiciosas

Fue elegido finalmente el municipio de Ensenada frente al puerto de ese nombre, abarcando un ejido de 6 leguas cuadradas. La legislatura sancionó el proyecto y el 19 de noviembre de 1882 se colocó la piedra fundamental de la ciudad de La Plata. Sin hacer economías, la primera provincia argentina volcó todo su esfuerzo a la construcción de una capital acorde con la imagen que tenía de si misma. Para facilitar la ejecución de los trabajos de la nueva capital se tendieron 3 líneas férreas de 90 Km, se construyeron más de 100 hornos de ladrillos, se transportaron millares de tonelada de cal y de piedra y se reunió una gran cantidad de obreros para las construcciones. La situación lo permitía, y trajo también progresos materiales para San Fernando; pero no llegó a ser capital de la Provincia.

Nota: Este trabajo ha sido presentado a las IIIª Jornadas de Historia del Pago de la Costa, organizadas en colaboración con la Academia de Estudios Históricos de Vicente López; realizadas con el auspicio de la Sociedad Argentina de Historiadores y el Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires doctor Ricardo Levene, durante los días 25 de agosto de 1990 en San Fernando y 26 en Vicente López.