FLORACIÓN FALLIDA EN LA BARRANCA DE ALBARRACÍN

Por Enrique Burone Risso
Entre las familias que fijaron su residencia en San Fernando, merecen ser recordados don Samuel Hale Pearson y su señora, María Teresa Quintana, sobrina del Presidente de la República, doctor Manuel Quintana, quien también vivía en San Fernando.
La propiedad que ocupaban, de 18 hectáreas, se extendía desde la actual calle Almirante Brown hasta limitar con la quinta del Barón Antonio Demarchi y su señora Clara Leloir, y al este hasta el río Luján.
Samuel Hale Pearson, que había comprado la quinta al doctor Amancio Alcorta, fue Director de Ferrocarriles. Por ese tiempo (fin de siglo) se iniciaba la Construcción del Hospital de San Fernando y la familia ofrecía notables fiestas para obtener los fondos necesarios. Por expreso mandato del dueño de casa, los trenes provenientes de Buenos Aires se detenían en su mismo parque, y la concurrencia descendía de los vagones directamente por los tablados construidos ex profeso hacia los jardines, desde los que los visitantes se dirigían a los salones para participar de bailes amenizados por las mejores orquestas. Podían escucharse desde lejos los sones de los violines de Hungría, tocados por auténticos zíngaros o, en su defecto quienes quisieran gozar del paisaje podían utilizar el lago artificial, cuyos 800 metros de extensión se iniciaban en las proximidades de la casa y llegaban hasta el tajamar que comunicaba con el río Luján.
Contaba Hale Pearson con una flotilla de góndolas venecianas tripuladas por barqueros.
Las riberas del lago, pobladas por magníficos ejemplares botánicos maravillaban a todos. La familia tenía en gran aprecio su jardín, que cuidaba con esmero, a veces personalmente. Con los mejores ejemplares se alternaban varias fuentes y mesas de mármol de Carrara, que todavía se conservan.
Bajando la barranca, el afirmado de la actual calle Almirante Brown terminaba una cuadra antes de la vía en un paso franqueado por un molinete, tras el cual se extendía la vegetación inculta. Ese paraje se denominó en su tiempo barranca de Pearson, o barranca de Albarracín. Recibió tal nombre porque frente a lo de Hale Pearson tenía su quinta la familia Albarracín, de conocido parentesco con Sarmiento, una de cuyas damas inspiró a fines de siglo la creación del actual hospital de San Fernando, motivo que originaba aquellos “gardens parties”.
En aquel tiempo conservadores y radicales se disputaban la primacía en las luchas políticas sanfernandinas. El nuevo siglo trajo el triunfo del radicalismo, que hacia 1918-19 repartió todos los puestos municipales rentados entre sus correligionarios.
Don Antonio P. Vaccaro, buen vecino de humilde origen, gran trabajador y excelente padre de familia, se vio entonces comprometido a aceptar del Intendente Pechemiel el dudoso honor de Director de Plazas, Parques y Paseos Públicos de San Fernando; designación ad-honorem, como se comprende.
Puso Vaccaro manos a la obra ornamentando a su costa con un tríptico de hermosos rosales la curva de material que limitaba la barranca de Albarracín. Ere un experto en rosales, capaz de distinguir fácilmente entre rosas de Francia, rosas té, o rosas Drusky, de origen alemán, y no escatimó esfuerzos para presentar su primera obra.
Pero su buena intención no pudo cristalizar, ya que a los pocos días, con el asombro consiguiente, el vecindario constató que los rosales seguían en su sitio inicial, pero con una modificación fundamental: habían sido desenterrados y replantados, aunque con las flores y pimpollos bajo tierra y las raíces y tallos para arriba.
Luego del enojo consiguiente, el excelente funcionario pensó que la incomprensión circunstancial de algún núcleo de inadaptados, posiblemente jóvenes de las inmediaciones, no debía ni podía detener su progresista obra de ornamentación ambiental. Colocó nuevamente, fuera de la arcada, un tríptico de palmeras que ofrecía muy buen aspecto, a cubierto de alguna intentona de agresión, dado el tamaño de los árboles simétricamente ubicados. Pero nuevamente el estupor sucedió a la ilusión. Casi con seguridad en horas de la noche o madrugada, algún grupo de tozudos elementos que habrían contado con el instrumental apropiado, con tiempo y mucha tarea digna de mejor causa, había desenterrado las palmeras y haciendo gala de destreza y fuerza personal y colectiva produjeron un calco del estropicio anterior.
Por la mañana pudo observarse el insólito espectáculo que ofrecían los vegetales con sus ramas y hojas enterradas y raíces hacia el exterior. La defensa con que el director de Plazas dotó a las palmeras envolviéndolas con ramas de espinosa Cina-cina no tuvo ningún resultado.
Los hechos debieron ocurrir sin que los advirtiera don Langton Bearibage, el vecino más inmediato del lugar, que debió apelar sin duda a su mejor flema inglesa para comprender el sentido de aquella maldad de pueblo, perpetrada a 10 escasos metros de la entrada principal de lo de Hale Pearson.
Como descargo de San Fernando, diremos que don Antonio P. Vaccaro tuvo sin embargo después muchas ocasiones de demostrar su buen gusto, pero contando con el respeto de todos sus convecinos, ya que para entonces todos se hacían eco de su laboriosidad y hombría de bien.