El Tango en San Fernando

Por Bocha Gallo

El tango es música, danza, canto, poesía. Es un extraordinario fenómeno de costumbres, es una manera especial de entender y de vivir.
Conocer el tango podría ayudar a adentrarse en la forma de ser de una comunidad grande. Representa, sin lugar a dudas, para generaciones de latinoamericanos, un valor radicado en la Argentina y en Uruguay, porque el tango es rioplatense, y éstos fueron los países donde fue acunado. A los primeros compases, a la simple mención de un título, a la cita de un verso, se despierta una pluralidad de imágenes que actúan con seducción de piba veinteañera. Todo ello con la sensación de haber perdido sutilmente, cálidamente algo irreparable que es casi sufrimiento. Un “tanguero” no admite un tango vociferado ni cantado en coro. El tango equivale a un momento de soliloquio. Es algo que ejerce sin darnos cuenta una intensa sugestión. Es la mesa del café, la tertulia con los amigos, la esquina del barrio.
Habría que descubrir porque nació en el extremo sur de América y no en otra parte, qué gente concurrió a ello, qué elementos originales oponía a la cultura oficial importadora de ideas, que no pudieron alejarlo del pueblo.
Salvo excepciones de rigor, que no fueron muchas, el tema del tango estuvo marginado de nuestra literatura por mucho tiempo. Se lo encontraba a título de referencia, dice José Barcia, mencionado en algunas novelas, y sobre todo, en los artículos de costumbres, aparte de los poemas que le dedicaron Ricardo Güiraldes, Fernán Silva Valdez y. algún poeta más, pero nunca tratado en su carácter de fenómeno representativo de un estado emocional y, en medida advertible, cultural, del vasto sector público en el cual repercutía con manifiesta intensidad. Resulta curioso que los escritores en general desatendiesen la proyección de resonancia en una extendida zona humana y no lo tomaran en cuenta como expresión íntimamente ligada a esa capa social que se ha convenido en calificar de popular, en especial la de Buenos Aires y sus alrededores inmediatos, cruzando al Uruguay.
Música prohibida en sus comienzos, pero con historia, pues en sus letras siempre el hombre de la calle encontró una situación que en algún momento transitando la vida, le sucedió, de ahí, su permanencia vigente.
No debemos olvidar que gracias a dos señores como Vicente Madero y el mencionado Ricardo Güiraldes, que lo llevaron a París y desde allí lo regresaron, para que en nuestro suelo pudiera entrar con honores a las salas de espectáculos y casas de familia, y se bailara con el resultado que por fortuna hoy podemos observar, es requerido desde todas partes del mundo.
Corresponde recordar los títulos de los primeros tangos: andáte a la Recoleta, dame la lata, el Guaco, tango de la Menegilda, el choclo, el serrucho, la budinera, la cara de la luna, sargento Martín, tango del mate, sargento Cabral, el entrerriano, un domingo de carnaval, muy de plataforma, aquí se vacuna, golpiá que te van abrir, no me vengas con pavadas, Bartolo toca la flauta, no me pises la pollera, bronca con la percanta, ataniche, seguíla que va chumbiada y cuidado con los cincuenta, referido éste último a los cincuenta pesos de multa que se cobraba a quien molestaba a una mujer en la calle, cuyo autor fue Angel Villoldo. Luego de esto, recordemos que el tango canción comienza, puede asegurarse, cuando Pascual Contursi escribe “Percanta que me amuraste” en su obra “Mi noche triste”, primitivamente titulado “Lita”, por el año 1917.
Luego de esta introducción, recordaré a quienes en nuestra ciudad-pueblo han caminado con distinta suerte la música ciudadana, tales como Francisco “Pancho” Pracánico, que dejara tantas obras, que citaré: “Ciudad de San Fernando”, “Monte protegido”, “Madre”, “Corrientes y Esmeralda”, “Pampa”, “Te odio”, “Enfundá la mandolina”, “Los muñequitos”…Mencionaré además, que Carlos Gardel fue a uno de los autores que más composiciones le grabó, en este caso, quince. Actuó con su orquesta en la película “Monte criollo”, título de su tango de nombre homónimo. Por otra parte, acompañó al piano, a cancionistas como Azucena Maizani, Dorita Davis, Ada Falcón, y otra cantidad de intérpretes. Sus dos últimas obras las compuso con la colaboración como letrista de quien hace muy poco tiempo fuera declarado ciudadano ilustre de Buenos Aires, Leopoldo Díaz Vélez, cuyos títulos son “Entre dos puertos” y “Nunca más tu amor”, este último inspirado en la recordada poetisa Alfonsina Storni.
Verminio Servetto, ese vate tan importante que dejara las letras de “Madre”, “Perdóname Señor”, “Sombras”, entre otras, todas con música de Pracánico. Contaré una anécdota de Verminio que sucedió en oportunidad que salió de cobrar sus derechos de autor en la Sociedad Argentina de Autores y Compositores de la Capital Federal, en una de las calles se encontraba un hombre que vendía pájaros con quien aquél arregló precio por la compra de toda la mercadería, lo que insumió el total de lo cobrado momentos antes, luego de ello, abrió las jaulas y dejó en libertad a todas las aves posteriormente para llegar hasta Retiro quien lo acompañaba debió explicar lo sucedido al guarda del tranvía para que los dejara viajar sin boleto, dado que lo realizado por Servetto lo dejó sin un cobre en ese momento. Lo hecho reflejó exactamente su modo de vivir, es decir, en plena libertad, su bohemia pudo más.
Adolfo Carabelli: el valor de este gran músico dentro del tango ha sido, precisamente, el de constituirse en un perfecto integrador de orquestas, obteniendo un resultado que rayó en lo ideal. Los discos, testigos insoslayables de la historia, lo pueden atestiguar fehacientemente. Por los conocimientos catedráticos aportados al tango, y por toque particular (y de avanzada) que logró su orquesta típica, Adolfo Carabelli tiene un sitio inamovible dentro de los cultores máximos de nuestro género. Se encargó también de seleccionar músicos. Y como no podía ser de otra manera convocó a lo más selecto. Así fue que desfilaron instrumentistas como Vardaro, Laurenz, Scorticatti, Francia, Buglione, Ciriaco Ortiz y tantos otros.
Cabe destacar que la orquesta típica “Víctor” fue formada a instancias del maestro Adolfo Carabelli que por ese entonces estaba al frente de la grabadora, la particularidad de este conjunto, se debió a que únicamente realizó labor discográfica. La demanda de sus discos fue extraordinaria, contribuían a ello lo bien lograda de sus versiones, como así las orquestaciones, su sonoridad, afiatamiento, el ritmo bailable, todos factores importantes, Conforma un hecho histórico la mención de quienes fueron los integrantes de la primera formación: Luis Petruccelli, Nicolás Primiani y Ciriaco Ortiz, bandoneones; Manlio Francia, Eugenio Romano y Agesilao Ferrazano, violines; Vicente Gorresi, piano; y Humberto Constanzo, contrabajo.
Enrique Mario Francini, a quien la ciudad lo recuerda con una “Esquina de Tango”, ubicada en la intersección de las calles Simón de Iriondo y 11 de Setiembre, mencionando algunas de sus obras como “Mañana iré temprano”, “Junto a tu corazón”, “Inquietud”, “Ese muchacho Troilo”, “Tema otoñal”, “Óyeme” “Me lo dice el corazón”, “Camuflaye”, etc. Violinista de primera línea que paseo nuestra música por su jerarquía para interpretar, por distintos países del mundo.
José Dames, con sus obras: “De muy adentro”, “Nada”, “Tú”, “Un pasado y un presente”, “Sencilla y briosa”, “Gambeteando”, “Silbido de picaflor”, por citar algunas.
Dante Gilardoni, con “Baldosa floja”, “Una piba como vos”, etc.
Rodolfo Palomo Mansilla, que nos dejara “Aprendimos a olvidar”, “Semblanza paterna”.
Carlos Tirigall, con “Vicio y amor”, “Loca fantasía”, “Juventud”, “Viento gaucho”, y “Llegó la cigüeña”.
Jorge Pracánico, sobrino de Pancho, “fueyero”, con “Tras tu sombra”, “Complejo”, “Fue todo” y “Vos pa’ mí tenés de todo”, éstos dos últimos, colaborando con la letra, el autor de este recuerdo.
Nombres como Aída y Vicente D’Onofrio, Vicente Gutiérrez, Rolando Dodero, Eduardo Perri, Andrés Filacanova, Antonio Sciamarella, Juan Viera y Lorenzo “Lencho” Pagliano, los dos “fueyeros” y directores de orquestas que juntamente con Emilio Musso, violinista y director de la orquesta típica “Los Astros”, además de Ielmo Calloni, bandoneonista, amenizaban los bailes de le zona.
Los excelentes pianistas Orlando Carabelli, Alberto Barbera, Francisco Paco Valencia y Marcos Larrosa, que nos dejara esa pieza de antología “Los cosos de al lao”, también aquel maravilloso violinista que le yugaba en la orquesta de Pancho Pracánico, Francisco “Nene” Mastrazzi, autor de tangos como “Tigre Hotel” y “Radio cultura”.
El vocalista Fontán Reyes que incursionara en la orquesta de Héctor Varela y luego tentara suerte como solista.
Dos hombres que se afincaron en San Fernando, Nolo López, oriundo de Lomas de Zamora, autor de “El Huracán”, “Chirusa”, “Salvame Legui”, y el excelente pianista que acompañara durante 17 años a Alberto Castillo, nacido en la ciudad de Junín, Arnaldo Medialdea.
También un destacado pianista “piazzolistico” que incursiona esporádicamente en las radios capitalinas es Radamés Smyrniades.
Si algo quedara en el tintero, agradeceré al lector su esquive por tal motivo. La intención y lo importante, es haber recordado a quienes mucho nos han dejado para que así sea.