El Cólera en el partido de las Conchas – Clara Nougués de Monsegur.

La gloria de los hombres debe medirse siempre por los medios que se han servido para alcanzarla.

La Rochefoucauld

La Guerra de la Triple Alianza da comienzo el 12 de abril de 1865 y termina con la muerte de Francisco Solano López el 1º de marzo de 1870, dejando en los campos de batalla miles de muertos. Muchos comentan que el flagelo de la Epidemia del Cólera bajó a esta región debido a la guerra.

El partido de Las Conchas tenía sus límites al noreste con el río Paraná, al noroeste con el arroyo Pangaré y la Cañada de Escobar, al sudeste con el Arroyo de Las Tunas y Villa Mayor y al sudoeste con el río de Las Conchas y el Canal de San Fernando.

Aquel agente misterioso llamado Cólera, con su poder de muerte aparece en el Partido de Las Conchas en el año 1868. El ministro argentino en Río de Janeiro, en aquel año, se dirigió al Tribunal de Medicina para que aconsejase las medidas precaucionales que fueran necesarias para evitar el amago de esta epidemia.

El cólera morbus se desarrolló en este partido con más violencia y dejó más víctimas en proporción al número de sus habitantes que en Buenos Aires; su aparición en Las Conchas fue simultánea con la epidemia de cólera en la Capital, en los primeros días de abril.

La asistencia a los enfermos de cólera fue limitada al pueblo de Las Conchas, al Puerto de Tigre y al Bañado que contiene, según nuestros cálculos, una setecientas u ochocientas almas en aquel año 1868.

Los ranchos en el Bañado de Las Conchas estaban muy diseminados. Eran numerosos y sucios, mal construidos y de poco abrigo pues el viento se filtraba por las aberturas del techo. Tenían esos ranchos cuatro varas de ancho por ocho de fondo y un piso desigual, húmedo y sin ladrillos. Cada rancho albergaba de ocho a diez personas.

Dice un relato contemporáneo a la epidemia: “Las gentes de estos ranchos eran seres poco aseados en sus personas y en la ropa que usan en sus camas; arrojaban las inmundicias de sus ranchos a pocos pasos de ellos, muy cerca de los cuales hay charcos de agua debido a la desigualdad de sus terrenos.

En cambio, los ranchos construidos en el Pueblo de Las Conchas son menos numerosos y en mejores condiciones, provistos de mayor comodidad.”

La primera víctima del cólera se localizó en el Bañado. El hombre que se enfermó era robusto, de unos treinta años de edad, español, y se sintió mal el 5 de abril a las seis de la tarde. Murió a las seis de la mañana del día siguiente. Al enterarse, la Comisión se dirigió al rancho y ya lo encontraron en el ataúd. Se enteraron por su viuda que el difunto estaba bueno en la mañana del ataque. Que volvió de su trabajo de carretero a las cuatro de la tarde y dijo que no tenia disposición para cenar sino deseos de fumar; que salió afuera del rancho fumando un cigarro y luego comió una sandía y parte de un melón: una hora después fue atacado por la epidemia y por la relación de los síntomas no hubo dudas de que se trató de un caso de Cólera Morbus Epidémico.

El Cólera Morbus se reconocía en los siguientes síntomas: alteraciones en el rostro, casi imperceptible el pulso, un frío glacial, lividez de los miembros, vómitos, defecciones blanquísimas, calambres, zumbidos en los oídos y dificultad para articular apenas una palabra.

Desde el 10 de abril hasta el 14 la epidemia fue gradualmente aumentando y desde la última fecha estaba tan generalizado que se produjo un movimiento de terror entre todos los habitantes.

El día 18 de abril el tiempo amaneció lluvioso, acompañado con un viento noroeste. Había aumentado el número de los colerinos (primer grado del cólera) y de los que tenían fuertes ataques de cólera morbus. El día 19 esto fue mucho mayor y varios fallecieron a las pocas horas. La epidemia había llegado a su colmo en nuestro partido.

En la noche de aquel día de recuerdos tristes hubo un cambio notable en la temperatura: una brisa fuerte del sudoeste despejó la atmósfera sombría y opaca de los días anteriores y la luna brillaba con todo su esplendor. Parecía que los agentes nocivos habían desaparecido. Todos sentían la influencia benéfica del clima y el número de enfermos disminuyó.

Los que padecían de la epidemia mejoraban con rapidez y los que fueron atacados por este mal lo sufrieron con menor violencia, cediendo en general al método curativo.

Desde el día 29 de abril hasta el 6 de mayo, en que abandonamos los hechos de esta crónica, no se presentó ni un solo caso de cólera. Creemos por este motivo que la epidemia había desaparecido del partido de Las Conchas.

He querido traer a través de viejos diarios el testimonio de una época. Leyendo el comentario publicado en “La Revista de Buenos Aires” por el médico inglés Juan H. Scrivener atravesamos el tiempo y volvemos a vivir aquel difícil otoño de 1868.

Clara Nougués de Monsegur.

Agosto de 1997